domingo, 4 de junio de 2017

Pentecostés

“Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. Había en Jerusalén hombres piadosos, que allí residían, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo”. Hechos de los Apóstoles 2, 1-5


Según el Catecismo de la Iglesia Católica, el Espíritu Santo es la "Tercera Persona de la Santísima Trinidad". Es decir, habiendo un sólo Dios, existen en Él tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta verdad ha sido revelada por Jesús en su Evangelio.
El Espíritu Santo coopera con el Padre y el Hijo desde el comienzo de la historia hasta su consumación, pero es en los últimos tiempos, inaugurados con la Encarnación, cuando el Espíritu se revela y nos es dado, cuando es reconocido y acogido como persona. El Señor Jesús nos lo presenta y se refiere a Él no como una potencia impersonal, sino como una Persona diferente, con un obrar propio y un carácter personal.  Referencia: Aciprensa
En María Vemos a la primera Cristiana y a la primera recibidora del Espíritu Santo.

jueves, 1 de junio de 2017

Que sean completamente uno

Que todos sean uno —dice el Señor—, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, para que el mundo crea que tú me has enviado. (Jn 17, 20-26).


En este texto hay un deseo muy especial de Jesús: que sus discípulos sean uno como el Padre y el él son uno. Jesús habla de la unidad. Pero no es una unidad cualquier la que se tiene que vivir en la comunidad de sus discípulos, en la Iglesia. Tiene que ser una unidad como la que él vive con el Padre, con su Abbá. https://rsanzcarrera2.wordpress.com/2011/06/03/abba/
En nuestro mundo se habla mucho de unidad y pocas veces se consigue habiendo formas diversas de conseguir la unidad, todos funcionan bien unidos, con gran disciplina,  a base de autoridad clara, de una línea de mando que todos saben que tienen que obedecer, sin protestar, faltas a esta autoridad hay sanciones severas; Y esta no es la unidad que nos pide Jesús a los que le seguimos. 
Porque unidad no es uniformidad. No significa que todos tengamos que pensar igual, que vestir igual, que hacer y decir las mismas cosas. Eso podría ser un grupo de autómatas pero nunca la comunidad de Jesús. 
La comunidad de Jesús tiene que vivir la unidad al estilo de la relación que hay entre el Padre y el Hijo. Lo primero que hay que decir es que esa unidad no se basa en la disciplina ni en el temor a la sanción. Es una unidad que florece como consecuencia del amor mutuo, de la donación total del uno al otro. Lo segundo es que una unidad que florece en la tierra de la libertad. Hay que recordar aquello que decía Pablo: “Para ser libres nos liberó el Señor”. 
Por tanto, tenemos que construir nuestra unidad en el amor y en la libertad. Y no hay más instrumento que el diálogo, la escucha, la empatía, el trato personal. La unidad no se construye desde ya a golpe de orden y autoridad. Se va haciendo poco a poco. Es proyecto más que realidad. Es tarea de todos a partir siempre del respeto al otro. Es don ciertamente pero también es compromiso y esfuerzo de todos. 
Jesús oró para que esa unidad se realizase en su Iglesia. Ahora es tarea nuestra hacerla realidad. Para que en esta casa del reino nadie quede fuera, excluido, y todos nos sintamos miembros de la única familia de Dios.

Referencia: Comentarios de Fernando Torres….

miércoles, 31 de mayo de 2017

¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?

Evangelio según san Lucas (1, 39-56).



En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: –«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.» María dijo: –«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en  generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia –como lo había prometido a nuestros padres–en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.» María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.

¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?

Todos hemos oído alguna vez esta expresión. La pronunció por primera vez Isabel, ante la Virgen María, cuando ésta, después de varios días de camino, se presentó inesperadamente en su casa con la intención de acompañarla y servirla, pues Isabel era una mujer relativamente mayor y estaba embarazada de seis meses. Pero, aquella no era una visita cualquiera, su prima María también esperaba un hijo, ¡el Hijo de Dios!, concebido por obra del Espíritu Santo. La presencia de María en casa de Isabel llevando a Jesús en su seno produjo tal conmoción que incluso la criatura de Isabel (el futuro Juan Bautista) saltó en el vientre de la madre, que de paso se llenó del Espíritu Santo y se puso a felicitar a María con gran efusión.

Dos mujeres que se encuentran y que se saben embarazadas de la vida que crece en ellas. Son dos y son cuatro. Son dos llenas de esperanza. Son dos convertidas en signos de esperanza para la humanidad. Porque cada vez que nace un niño nace la esperanza en nuestros corazones: la vida sigue, se renueva, renace. Es la alegría explosiva que brota en la familia al conocer la noticia. Es alegría para la madre, para el marido. Pero también para los abuelos. 

martes, 30 de mayo de 2017

“Te pido por ellos… porque son tuyos.”

“Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros” (Juan 17, 11).


Estas pocas palabras encierran la revelación de la vida para la cual quiere salvarnos el Señor. No una vida en que cada uno tenga una comunión individual con Dios; no. Jesús quiere salvarnos de todo lo que separe y divida a los cristianos entre sí, para que, en él, lleguemos a unirnos los unos a los otros.

En su plegaria pedía, y sigue pidiendo, que permanezcamos unidos en el nombre de Dios para que él pueda crear un vínculo inquebrantable entre unos y otros. También, expresaba su voluntad más profunda y los designios más sentidos para su cuerpo de creyentes.

El seguimiento de Jesús, al que estamos llamados todos los que le seguimos es difícil en el día a día.  No nos resulta fácil el practicar siempre el amor y la justicia, porque bien en el fondo somos cómodos y a veces eso de desviarnos de nuestro camino, de nuestros intereses personales, para atender al prójimo se nos hace cuesta arriba. 


El saber que el propio Jesús se preocupaba de orar por sus discípulos, por aquellos que estaban con él ahí y también por nosotros aquí y ahora,  es porque sabe que seguimos en el mundo, un “mundo” muy alejado de los valores  evangélicos de solidaridad, paz, amor y justicia.

lunes, 29 de mayo de 2017

Tened valor: yo he vencido al mundo.

Les he dicho estas cosas para que tengan paz en mí. En el mundo tendrán tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo. (Jn 16, 29-33).


Muchas veces nos ocurre como los discípulos, que un poco de memoria y por salir del paso decimos que creemos, pero en realidad nuestra confesión es frágil, diríamos que de la boca para afuera, y Jesús lo sabe. Por eso repite con ellos ¿Ahora creen? Pues tendrán ocasión de comprobar su fe dentro de poco y ya sabe que saldrán despavoridos…Pero aun así el Señor nos invita a tener paz en Él. A confiar en que Él ha vencido al mundo. Esto es lo que debemos tener en cuenta en los momentos de mayor dificultad. No importa cuán grandes sean…Jesús ha vencido al mundo, es decir, lo ha enfrentado todo y ha salido victorioso.

En los momentos de duda, de dolor, de adversidad, cuando tengamos que atravesar las mayores tribulaciones, que indudablemente sobrevendrán, tengamos en cuenta estas palabras de Jesús para levantarnos la moral y seguir adelante. Todo es posible con Él. Solo debemos ponernos en su sintonía, alineados con su Voluntad, que no es otra que la del Padre, entonces todo fluirá como el cauce de un río, sin retorno. Sin importar cuán profundo, rápido o apacible sea su paso. Como Jesús antes que nosotros, habremos de llegar y pasar. Él es nuestra garantía.

Nosotros ya estamos bautizados. Pero, casi seguro, todavía tenemos mucho que aprender “de ideas y de corazón” para asimilar de verdad lo que es acoger el reino de Dios en nuestras vidas. Tenemos que hacer mucho camino, aprender sobre la marcha. Hasta actuar en todo momento como lo haría el señor Jesús, hasta dar la vida por los demás, hasta ser faros de amor, de misericordia, de justicia, de perdón, de esperanza para todos aquellos con los que nos encontramos. Como lo fue Jesús. Como nos incita el Espíritu a ser.


domingo, 28 de mayo de 2017

Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra

Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos  (Mt 28,16-20)


No es fácil entenderlo, se marcha pero se queda, es ausencia y presencia, es ésta una experiencia de fe. Jesús es nombrado Señor y se convierte en el ideal supremo del hombre y del cristiano, es nuestro punto de partida, para que a partir de ahí, elaboremos nuestro proyecto de persona y afrontemos la vida. Está presente en nosotros y en nuestro mundo, aunque nos cueste en ocasiones descubrir sus huellas. Como prometió, no nos abandona, es nuestra aspiración más íntima y nuestra lucha, para hacer presente el Reino a cada uno de nosotros.


La celebración de la Ascensión, es la fiesta de la esperanza y meta de la humanidad y del mundo. Jesús no nos ha abandonado, permanece en y con nosotros. Permanece en la Palabra, en la comunidad reunida, en torno al pan eucarístico que compartimos. Permanece en el que sufre y en el que se esfuerza, para que haya más vida en nuestra sociedad. No es día de grandes teologías o palabras preciosas, sino de hablar sencillamente y saber lo que decimos y hacer lo que pensamos, es día de intentar que su presencia invisible, se haga vivible a todos los hombres.

sábado, 27 de mayo de 2017

El Padre os quiere, porque vosotros me queréis y creéis

En verdad, en verdad os digo: si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Jn (16, 23b-28).


Jesús se esforzó por hacernos entender que Dios es todo amor, y que no hay nada que no esté dispuesto a concedernos, si es por y para nuestro bien, y el bien de la humanidad. No hay nada que Dios quiera más para nosotros que nuestra verdadera felicidad, la felicidad completa para nosotros. Jesús nos tranquiliza: Él refleja al Padre, exactamente de la misma manera, y no hay nada que pudiera complacer más al Padre que nuestra confianza en su amor incondicional. Su propia persona vino al mundo para reflejar este amor del Padre por nosotros, y esa fue su misión. “La Misericordia y Su Redención”, Él volvió al Padre y nos dejó al Espíritu Consolador.


Imaginemos a Dios, todo Misericordioso, haciéndote esta pregunta: “¿Estarías tú dispuesto a confiar en que yo te amo con un amor eterno?”.