Evangelio Jn 5, 17-30
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: – «Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo.» Por eso los judíos tenían más ganas de matarlo: porque no sólo abolía el sábado, sino también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios. Jesús tomó la palabra y les dijo: – «Os lo aseguro: El Hijo no puede hacer por su cuenta nada que no vea hacer al Padre. Lo que hace éste, eso mismo hace también el Hijo, pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace, y le mostrará obras mayores que ésta, para vuestro asombro. Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere. Porque el Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo el juicio de todos, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que lo envió. Os lo aseguro: Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no se le llamará a juicio, porque ha pasado ya de la muerte a la vida. Os aseguro que llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán. Porque, igual que el Padre dispone de la vida, así ha dado también al Hijo el disponer de la vida. Y le ha dado potestad de juzgar, porque es el Hijo del hombre. No os sorprenda, porque viene la hora en que los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a una resurrección de juicio. Yo no puedo hacer nada por mí mismo; según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.»
miércoles, 29 de marzo de 2017
martes, 28 de marzo de 2017
Al momento aquel hombre quedó sano
Evangelio Jn 5, 1-3. 5-16.
En aquel tiempo, se celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda. Esta tiene cinco soportales, y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos. Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice:
– «¿Quieres quedar sano?» El enfermo le contestó: – «Señor no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado.» Jesús le dice: – Levántate, toma tu camilla y echa a andar.» Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar.
Aquel día era sábado, y los judíos dijeron al hombre que había quedado sano: – «Hoy es sábado, y no se puede llevar la camilla.» Él les contestó: – «El que me ha curado es quien me ha dicho: Toma la camilla y echa a andar.» Ellos le preguntaron: – «¿Quién es el que te ha dicho que tomes la camilla y eches a andar?» Pero el que había quedado sano no sabía quién era, porque Jesús, aprovechando el barullo de aquel sitio, se había alejado. Más tarde lo encuentra Jesús en el templo y le dice: –«Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor.» Se marchó aquel hombre y dijo a los judíos que era Jesús quien lo había sanado. Por esto los judíos acosaban a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado.
lunes, 27 de marzo de 2017
Evangelio según San Juan 4,43-54.
Jesús partió hacia Galilea.
El mismo había declarado que un profeta no goza de prestigio en su propio pueblo.
Pero cuando llegó, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la Pascua; ellos también, en efecto, habían ido a la fiesta.
Y fue otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había allí un funcionario real, que tenía su hijo enfermo en Cafarnaún.
Cuando supo que Jesús había llegado de Judea y se encontraba en Galilea, fue a verlo y le suplicó que bajara a curar a su hijo moribundo.
Jesús le dijo: "Si no ven signos y prodigios, ustedes no creen".
El funcionario le respondió: "Señor, baja antes que mi hijo se muera".
"Vuelve a tu casa, tu hijo vive", le dijo Jesús. El hombre creyó en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino.
Mientras descendía, le salieron al encuentro sus servidores y le anunciaron que su hijo vivía.
El les preguntó a qué hora se había sentido mejor. "Ayer, a la una de la tarde, se le fue la fiebre", le respondieron.
El padre recordó que era la misma hora en que Jesús le había dicho: "Tu hijo vive". Y entonces creyó él y toda su familia.
Este fue el segundo signo que hizo Jesús cuando volvió de Judea a Galilea.
domingo, 27 de noviembre de 2016
“Nuestra Señora del Adviento”
El arzobispo Francis Stafford, en 1991, solicitó al Vaticano un día de fiesta dedicado a Nuestra Señora del Nuevo Adviento para la archidiócesis de Denver. La fecha que asignaron como día de su festividad fue el 16 de diciembre.
Tras conocer que el 16 de diciembre se celebraría esta festividad , encargaron al jesuita Padre McNichols la creación de un icono que fue presentada y bendecida por Juan Pablo II durante la Jornada Mundial de la Juventud de 1993 celebrada en Denver.
Es bonito pensar, ahora que todos los cristianos nos preparamos para una nueva venida del Señor, con qué alegría y estremecimiento se preparó María, la gran protagonista del Adviento, para tan gran acontecimiento, para la fiesta más señalada de su maternidad. Una auténtica maternidad biológica, humana y natural, y, al mismo tiempo, una maternidad sobrenatural. Con su fe, su amor y su cuerpo, da luz a la Vida divina en una maternidad enteramente humana, porque el cuerpo humano de Jesús creció y se desarrolló realmente durante nueve meses en el seno virginal de María. La Virgen Madre aportó a la humanidad de Cristo todo lo que las otras madres aportan a la formación y crecimiento de sus hijos.
Tras conocer que el 16 de diciembre se celebraría esta festividad , encargaron al jesuita Padre McNichols la creación de un icono que fue presentada y bendecida por Juan Pablo II durante la Jornada Mundial de la Juventud de 1993 celebrada en Denver.
Es bonito pensar, ahora que todos los cristianos nos preparamos para una nueva venida del Señor, con qué alegría y estremecimiento se preparó María, la gran protagonista del Adviento, para tan gran acontecimiento, para la fiesta más señalada de su maternidad. Una auténtica maternidad biológica, humana y natural, y, al mismo tiempo, una maternidad sobrenatural. Con su fe, su amor y su cuerpo, da luz a la Vida divina en una maternidad enteramente humana, porque el cuerpo humano de Jesús creció y se desarrolló realmente durante nueve meses en el seno virginal de María. La Virgen Madre aportó a la humanidad de Cristo todo lo que las otras madres aportan a la formación y crecimiento de sus hijos.
Celebremos este 16 de Diciembre su día con gran entusiasmo...
¡Estad en vela no sabes el día ni la hora! Adviento 2016
“Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre”. (Mt 24,37-44)
Reflexión:
El último día de la historia, el final de los tiempos, se ha descrito en muchas ocasiones como un día trágico y ha dado lugar a una literatura que llamamos "apocalíptica".
Jesucristo anunció que vendría de nuevo a la tierra, y que esa venida sería definitiva. Pero, ¿cómo debe preparase un cristiano? Vamos a considerar dos tipos de "esperas".
La primera es parecida a la de un soldado, agazapado en su trinchera, esperando con verdadero miedo el ataque del enemigo. Su única ilusión es que ese momento nunca llegue, porque sabe que puede acabar mal. Es la actitud del que ve el final pensando que va a condenarse por sus pecados. Tiembla, pero tampoco pone remedio.
La segunda espera es la de la esposa que aguarda a su marido, ausente durante mucho tiempo del hogar. Por ejemplo, la esposa de un marinero, que sueña el día en que volverá a estrechar entre sus brazos al amor de su vida. Y cuando se acerca el día, se prepara, se viste, se perfuma y se dispone a recibirle con toda la ilusión del mundo.
El cristiano debe vivir sin temor, preocupado por vivir fielmente el día a día, pero también siendo consciente de la responsabilidad de cada uno de sus actos. Por tanto, no hay que descuidarse y sí estar preparados, con alegría, para el encuentro definitivo con Dios.
Propósito:
Ofrecer hoy un pequeño sacrificio a Dios y pedirle la gracia de adquirir la virtud que más necesite para crecer en el amor a los demás.
Diálogo con Cristo:
Jesús, qué diferente es mi vida cuando me esfuerzo por ver todo desde el plano de la fe. Las cosas, las actividades, las mismas relaciones sociales, todo se transforma y se vuelve relativo de cara a la eternidad. ¡Qué pocas cosas son importantes! Ayúdame a vivir pensando en el cielo que me has prometido y que lo busque como esa perla fina, ese gran tesoro que dará plenitud a mi vida
Reflexión:
El último día de la historia, el final de los tiempos, se ha descrito en muchas ocasiones como un día trágico y ha dado lugar a una literatura que llamamos "apocalíptica".
Jesucristo anunció que vendría de nuevo a la tierra, y que esa venida sería definitiva. Pero, ¿cómo debe preparase un cristiano? Vamos a considerar dos tipos de "esperas".
La primera es parecida a la de un soldado, agazapado en su trinchera, esperando con verdadero miedo el ataque del enemigo. Su única ilusión es que ese momento nunca llegue, porque sabe que puede acabar mal. Es la actitud del que ve el final pensando que va a condenarse por sus pecados. Tiembla, pero tampoco pone remedio.
La segunda espera es la de la esposa que aguarda a su marido, ausente durante mucho tiempo del hogar. Por ejemplo, la esposa de un marinero, que sueña el día en que volverá a estrechar entre sus brazos al amor de su vida. Y cuando se acerca el día, se prepara, se viste, se perfuma y se dispone a recibirle con toda la ilusión del mundo.
El cristiano debe vivir sin temor, preocupado por vivir fielmente el día a día, pero también siendo consciente de la responsabilidad de cada uno de sus actos. Por tanto, no hay que descuidarse y sí estar preparados, con alegría, para el encuentro definitivo con Dios.
Propósito:
Ofrecer hoy un pequeño sacrificio a Dios y pedirle la gracia de adquirir la virtud que más necesite para crecer en el amor a los demás.
Diálogo con Cristo:
Jesús, qué diferente es mi vida cuando me esfuerzo por ver todo desde el plano de la fe. Las cosas, las actividades, las mismas relaciones sociales, todo se transforma y se vuelve relativo de cara a la eternidad. ¡Qué pocas cosas son importantes! Ayúdame a vivir pensando en el cielo que me has prometido y que lo busque como esa perla fina, ese gran tesoro que dará plenitud a mi vida
domingo, 20 de noviembre de 2016
Cristo Rey - CELEBRACIÓN 2016
“Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.” (Lc 23, 35-43)
La posesión plena de ese reino se alcanza cuando se obra con amor y caridad.
Celebramos hoy la festividad de Cristo Rey y con ella terminamos el año litúrgico, y entramos en el tiempo de Adviento.
En el evangelio vemos a Jesús que padece y sufre, en los momentos de su agonía, las burlas y demás escarnios que le infligen los soldados y personas que allí están presente, incluida la jerarquía religiosa.
Jesús no se defiende, él está en silencio, un silencio que le conecta con Dios. Él sabe que el Padre le dará la fuerza para aceptar toda aquella humillación y dolor y que en todo momento estará con Él.
Quizás a nosotros, al igual que a las personas que allí estaban, nos resulte difícil aceptar que el Hijo de Dios no fuese capaz de salvarse. Que Dios no evitase el dolor y sufrimiento de su hijo. Pero el malhechor que está colgado a su lado, en un momento tan dramático, descubre la Fe en aquel crucificado que estaba en el centro y le dice: «Jesús acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Este delincuente ha visto que «Hay tres hombres en la cruz: uno que da la salvación, otro que la recibe, un tercero que la desprecia. Para los tres la pena es la misma, pero todos mueren por causa distinta (S. Agustín)». La causa de Jesús es el amor a la humanidad, a los más marginados, los desahuciados y abandonados de la sociedad. Por ello, la Iglesia hoy también recuerda de forma especial a los sin techo; personas que no tienen un lugar donde reclinar su cuerpo cansado y vivir con dignidad. Trabajemos como hermanos, como Iglesia, para ser testimonio de los valores del Reino: entrega y amor a los más desfavorecidos.
Celebramos hoy la festividad de Cristo Rey y con ella terminamos el año litúrgico, y entramos en el tiempo de Adviento.
En el evangelio vemos a Jesús que padece y sufre, en los momentos de su agonía, las burlas y demás escarnios que le infligen los soldados y personas que allí están presente, incluida la jerarquía religiosa.
Jesús no se defiende, él está en silencio, un silencio que le conecta con Dios. Él sabe que el Padre le dará la fuerza para aceptar toda aquella humillación y dolor y que en todo momento estará con Él.
Quizás a nosotros, al igual que a las personas que allí estaban, nos resulte difícil aceptar que el Hijo de Dios no fuese capaz de salvarse. Que Dios no evitase el dolor y sufrimiento de su hijo. Pero el malhechor que está colgado a su lado, en un momento tan dramático, descubre la Fe en aquel crucificado que estaba en el centro y le dice: «Jesús acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Este delincuente ha visto que «Hay tres hombres en la cruz: uno que da la salvación, otro que la recibe, un tercero que la desprecia. Para los tres la pena es la misma, pero todos mueren por causa distinta (S. Agustín)». La causa de Jesús es el amor a la humanidad, a los más marginados, los desahuciados y abandonados de la sociedad. Por ello, la Iglesia hoy también recuerda de forma especial a los sin techo; personas que no tienen un lugar donde reclinar su cuerpo cansado y vivir con dignidad. Trabajemos como hermanos, como Iglesia, para ser testimonio de los valores del Reino: entrega y amor a los más desfavorecidos.
sábado, 19 de noviembre de 2016
Cardenal Baltazar Porras
“Cardenal Baltazar Porras”
Estudió Filosofía en el Seminario Interdiocesano de Caracas y se licenció en Teología en la Universidad Pontificia de la ciudad española de Salamanca, donde también se doctoró en Teología Pastoral.
Fue ordenado sacerdote el 30 de julio de 1967 y en un principio ejerció como vicario cooperador, párroco y asistente diocesano de Cursillos, profesor seminarista y docente en otros institutos tanto públicos como privados.
Fue director del Colegio Nuestra Señora del Rosario y del IUT Los Llanos.
En Caracas fue vicerrector del Seminario Interdiocesano y director para los Estudios y también fue rector en el Seminario San José del Hatillo.
El 30 de julio de 1983 fue elegido como obispo titular de Lamdia y auxiliar de Mérida mientras que sería el papa Juan Pablo II quien el 30 de octubre de 1991 le nombrara arzobispo de Mérida.
Desde 1998 hasta 1999 fue también administrador apostólico en "sede vacante" de la diócesis de San Cristóbal.
Aún es miembro del Consejo Especial para América del Sínodo de Obispos, un cargo que ostenta desde 1997.
Los nuevos cardenales proceden de 11 países de todo el mundo, dando muestra de la universalidad de la Iglesia.
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